Luz Machado, poetisa del Orinoco

Poesía confesional

Con infinita belleza, tanto en la forma como en el trato con el lenguaje, Luz María Machado, poeta guayanesa, periodista y diplomática cantó a la vida y a las cosas cotidianas. Desde una poesía confesional, entretejió sus vivencias y experiencias con el hogar, la ciudad, las reflexiones existenciales; y el amor deseado y perdido. En su discurso poético, estuvo presente también, el imponente Orinoco, padre río que la vio nacer y crecer.

El ensayista y crítico, Joaquín Marta Sosa, consideró que Machado, “(…) pertenece, junto con Enriqueta Arvelo Larriva y Ana Enriqueta Terán, a una insuperable trilogía de fundadoras de la voz y la visión femenina en la poesía venezolana”. A su vez, para María Ángeles Pérez López, este trío de poetas, fueron “iniciadoras de la poesía venezolana del siglo XX, desde la plena conciencia de su condición creadora”, en tanto, con sus obras, “articulan los primeros eslabones de una genealogía de género”, como  son “el proceso de autorreconocimiento y la toma de  posición con respecto al canon literario”.

En 1946 recibió el Premio Municipal de Poesía y en 1987 el Premio Nacional de Literatura, sobre el cual, la también poeta y guayanesa, Mimina Rodríguez Lezama, opinó: “es un justo reconocimiento a una notable escritora de obra perdurable por la seriedad y equilibrio temático que la sustenta y por la perseverancia (…) Luz no sólo es buena poeta sino también excelente prosista”.

Luego de conocerla, Juan Liscano la describió así: “(…) Espléndido tipo de mujer latina amasada en morenez criolla. Altiva cabeza de frente despejada, de abundante cabellera oscura, de tajante perfil, de acentuados rasgos, un tanto duros, pero extrañamente nobles, con cierto hieratismo enigmático. Mirándola, un nombre de mujer que no podíamos precisar, sumergido como estaba en nuestra memoria, afloró de pronto a nuestra mente, en la plenitud de sus sílabas sonoras: Maigualida (…) el extraordinario personaje de la novela “Canaima” cuya grave y radiante belleza madura quiso describir Gallegos con un lujo de palabras pocas veces usadas en su obra parca en eso de pintar mujeres (…)”.

Sobre si misma contó la poeta: “del mapa de mi vida (…) tendría que hablarle de un mundo que tiene por cuatro puntos cardinales al Norte, el Orinoco; al sur, la Selva; al Este, el Sueño; al Oeste (…) el Otoño que me llega (…)”.

Dicen que en su poesía puede encontrarse influencia de Neruda, Rubén Darío, San Juan de la Cruz, Santa Teresa y Sor Juana Inés de la Cruz, e incluso de la poeta norteamericana Emily Dickinson.

A orillas del gran río

En Ciudad Bolívar, el 3 de febrero de 1916 vendría al mundo, en pleno eclipse de sol. En el pueblo corría la voz que nacería con una marca en el cuerpo; y ciertamente nació marcada, pero por la poesía y con la fuerza del río miel atravesándole el alma. “Nací a orillas de un gran río (…) Me recuerdo niña, en estado de ardimiento imaginativo constante”, contó la poeta.

Todas las tardes caminaba a lo largo del río junto a su padre, “(…) El río lleno me fascinaba, con su gran arrastre de agua y las innumerables cosas que traía consigo (…)  Inclinábame sobre las aguas como si pudiera leer en ellas algún dibujo, algún signo oculto. Me atraía la imagen de inmersión dentro de un mundo diferente, siempre en profundidad, en hondura, en verticalidad. El Orinoco me llamaba hacia adentro y su ciego fluir horizontal me dejaba indiferente”.

Estudió en el Colegio de doña Isabel Rivas Salom y en la Escuela Federal Graduada Zea, ésta última dirigida por Anita Ramírez, quien detectó el espíritu sensible de la niña y la apoyó en su iniciación literaria. La maestra Anita, era también poeta, y al igual que el padre de Luz, poseía una biblioteca muy nutrida, que estuvo a disposición de la joven, quien por cierto, desde los doce años de edad, escribía hermosos versos, y tenía entre sus libros favoritos La Divina Comedia. La maestra y poeta Ramírez estaba a cargo de la revista literaria Alondra, donde se publicaban los “nuevos valores de la región y de Venezuela, aparte de los consagrados”; y en la cual colaboraban diversos autores latinoamericanos. Los primeros escritos de Luz, circularon en esta revista, donde también publicaron las poetas guayanesas Lucila Palacios y Jean Aristiguieta.

Además de la lectura y la poesía, asistió al taller de manualidades de María de las Nieves Machado de Guevara, pues para entonces era prioridad que las mujeres aprendieran oficios del hogar, y también formó parte el Coro de la catedral bajo la batuta de Carlo Afanador Real. A los quince años se enamoró del poeta y político guanareño Coromoto Arnao Hernández, con quien se casó y se fue a vivir a Barquisimeto. Arnao, estaba en Ciudad Bolívar, en condición de “ciudad por cárcel”, debido a su participación en el alzamiento del general Gabaldón en 1929. Larga temporada estuvo en Barquisimeto donde se incorporó a la vida cultural y política y luego se fue a Caracas.

De su hacer

Dedicó su vida al trabajo de la palabra, y como la mayoría de sus contemporáneas, aunque gozó del prestigio en el mundo intelectual, escribió en solitario y por supuesto alejada del mundo de las editoriales. En su opinión, “La creación poética es un fenómeno que se produce en cualquier circunstancia geográfica o espiritual”. Sin embargo, su espacio de creación fue su hogar, “(…) en medio de todas mis obligaciones domésticas, de los pequeños acontecimientos diarios (…)”, los cuales llevó “hasta las nobles expresiones de la poesía”. Desde el hogar se adentró en el universo y nos contó sobre “la vida haciendo ruido adentro y en torno en cada día que pasa”.

Luz, realizó estudios de Derecho y Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. Dirigió la página literaria del diario Ahora y la página femenina de Rojo y Negro. Fundó la Unión Feminista de Lara y participó en el Comité que logró el derecho al voto de la mujer. Fue asesora literaria de la Radio Nacional de Venezuela y colaboró en diversas revistas y periódicos de Venezuela, México, Chile, Costa Rica y Colombia. A su vez, fue cofundadora del Ateneo de Caracas y de la Asociación de Escritores de Venezuela.

Fue también Cofundadora de la revista “Contrapunto”, donde participaron escritores y artistas plásticos, y Cofundadora del Círculo Escritores de Venezuela. Ejerció tareas diplomáticas en Chile, donde organizó ciclos de conferencias sobre escritores y escritoras venezolanas como: Rufino Blanco Bombona, Rómulo Gallegos, Teresa de la Parra, entre otros.

Entre sus obras podemos mencionar: La espiga amarga, Canto al OrinocoSonetos nobles y sentimentalesLa casa por dentro, Sonetos a la sombra de Sor Juana Inés de la CruzLa ciudad instantánea, Palabra de honorPoesía de Luz Machado, Antología, A sol y a sombra y Libro del abuelazgo. Publicó cientos de trabajos en El Universal, El Nacional, El Mundo, Pregón, La Razón, Fantoches, Ahora y otros. Igualmente en las revistas Contrapunto, Élite, Shell, Revista Nacional de Cultura e Imagen.

La escritora, que tuvo miedo “al otoño” y quiso tener una casa de piedra junto al mar donde izar las banderas más claras del día, se fue a otros paisajes el 11 de agosto de 1999. Para Liscano, Luz, fue “Mujer de agua, como las sirenas, como María Lionza del mito aborigen, como la Venus Afrodita nacida de la espuma del mar (…)”.

De Canto al Orinoco

“(…) Acercarse a la meta de Ciudad es atravesar primero la franja del Río y caer después en el espacio que deja la ronda verde alrededor de la ciudad. Cuando hay verano, el río descubre sus costados de roca y arena extendidos. Cuando hay invierno -como ahora- el río tiene el pecho como el de los marineros: tatuado de mosuros navegantes, en cuyas mínimas islas vagabundas alguna garza erige una ciudad de pluma y de aventura (…) Y el corazón quiero encontrarlo en la Piedra del Medio. Porque tiene que ser de piedra el corazón de Guayana para resistir tanto golpe de savia venido de los pulmones de la selva, y tanto latido de los 2.000 ríos que afluyen y se encauzan y esponjan la poderosa corriente (…)

De orilla a orilla abre su incontenible espasmo amenazante color de miel (…) No hay señales de sus flaquezas sino ratificación de su poderío (…) Quien le mira crecer y decrecer puede decir que ha escuchado a Dios dormir entre su pecho (…) La ciudad junto a él no es más que una mujer. Y de esta conjugación de la ciudad y el río nace el símbolo fecundo de la tierra guayanesa (…)”.

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